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El Átomo
Autora: Silvia Sokolovsky
Bibliografía
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En busca de lo más simple
Desde el primer momento en el que el ser humano comenzó a
plantearse cuestiones científicas, se percató de que cuando supiera lo
suficiente descubriría que el mundo, después de todo, es en realidad mucho más
simple de lo que parece. Si bien en la mayoría de los tratados de la historia de
la teoría del átomos se parte desde los antiguos griegos, según John Gribbin
(doctor en astrofísica en la Universidad de Cambrige y autor de múltiples textos
de divulgación científica en este tema) es una afirmación un tanto exagerada.
En el año 585 antes de Cristo, el griego Thales de Mileto
(considerado como el primer científico de relevancia) sugirió que todo elemento
natural era en última instancia "agua"; ya que se presenta en los tres estados
[líquida (agua), sólida (hielo) y gaseosa (vapor)] dependiendo de la temperatura
del ambiente. Sus sucesores, Epicurio de Samos y el romano Lucrecio Caro,
desarrollaron la conocida teoría que indicaba que toda sustancia no era más que
combinaciones de cuatro elementos: tierra, agua, fuego y aire. Desde nuestra
posición (miles de años después) nos parece hasta ridícula sus teorías, pero es
el primer intento que pretende hallar un esquema sencillo para explicar la
complejidad observada en el mundo sin utilizar a una deidad como "creador". Hay
autores, como John Gribbin en su libro En busca del gato de Schrödinger,
que sostienen que es exagerada la importancia que se les da a los griegos en
este aspecto.
A finales del siglo V a. c. los filósofos Leupino y
Demócrito, intentaron conciliar el conflicto entre transitoriedad y la
complejidad observada en el mundo material con la idea griega de que la verdad
debe ser eterna e inmutable. Sugirieron que la materia estaba compuesta de
pequeñas partículas indivisibles que bautizaron con el nombre de átomo (del
griego indivisible) y señalaron que si bien esas partículas son inmutables, las
relaciones entre ellas cambian.
<<
Las únicas realidades existentes son los átomos y el
espacio vacío; lo demás es mera especulación
>> escribió Demócrito
de Abdera (extraído del libro En busca del
gato de Schrödinger de John Gribin, Pág. 15). A pesar de esta
clarividencia, la idea disfrutó de poca aceptación entre los filósofos griegos y
romanos. Así el átomo fue olvidado mientras que la idea de que el universo
estaba compuesta por los cuatro elementos antes mencionados, resultó mucho más
popular, aceptada y propagada por "eruditos" de la talla de Aristóteles, de
manera que fueron enseñadas como verdades absolutas durante dos mil años.
Algo está cambiando
Aunque el inglés Robert Boyle usó el concepto de átomo en sus
trabajos de química durante el siglo XVII, y Newton lo tuvo en mente al
desarrollar sus descubrimientos en física, específicamente óptica, la idea de
átomo no pasó a formar parte del pensamiento científico hasta la mitad del siglo
XVIII. En ese momento el químico francés Antoine Lavoisier, tras sus
investigaciones de combustión, identificó muchas sustancias químicas puras que
no podían ser separadas en otras.
La
primera formulación de la teoría moderna atómica, históricamente, se la ubica a
comienzos del siglo XIX en manos de un químico inglés, John Dalton, que en 1808
publicó su obra Un nuevo Sistema de Filosofía Química. Allí asignó a los
átomos un papel relevante en este área de la ciencia. Estableció que la materia
estaba compuesta por átomos indivisibles; todos los que eran de un mismo
elemento debían ser idénticos entre sí, pero diferentes (en forma y tamaño) de
otro elemento. Estableció el axioma que dice que "los átomos no se crean ni
destruyen", pudiéndose reorganizar mediante reacciones químicas. Definió el
concepto de molécula a partir de los átomos que la conforman, cada una de las
cuales debía tener un número pequeño y fijo de átomos de cada elemento del
compuesto.
Si
bien la idea era lentamente aceptada por los químicos, el concepto de átomo
podía explicar relaciones como la desarrollada por Joseph Gay – Lussac, quien
estableció experimentalmente la relación proporcional de los volúmenes dos
sustancias gaseosas se combinan. El volumen necesario de uno de los gases es
siempre proporcional al volumen del otro gas. Si el compuesto producido resulta
ser gaseoso también, su volumen será proporcional al de los otros dos. El hecho
observado podía ser explicado sencillamente: cada molécula del compuesto gaseoso
estaba formada por uno o más átomos de un gas combinado con unos pocos átomos
del otro. El italiano
Avogadro utilizó, en 1811, esta evidencia para desarrollar su famosa hipótesis
que establece que para cualquier temperatura y presión fijos, hay volúmenes
iguales de gas que contienen el mismo número de partículas, independientemente
del tipo de gas utilizado. recién en 1850, cuando un compatriota de Avogadro,
Stanislao Cannizzaro, desarrolló dicha teoría hasta tal punto que dejaron de ser
minoría los químicos que se la tomaban en serio. Hacia 1890, aunque muchos
químicos aún no aceptaban las ideas de Dalton y Avogadro, se podía explicar
detalladamente el comportamiento de los gases mediante la hipótesis atómica
gracias a los trabajos del escocés James Clerk Maxwell y del austriaco Ludwig
Boltzmann desarrollando una descripción matemática del comportamiento de los
gases llamada mecánica estadística.
Algo está cambiando: el electrón
A mediados del siglo XIX los físicos experimentaban con un
nuevo fenómeno que cambiaría drásticamente la visión de la física. En ese
momento se estudiaban la naturaleza de la radiación producida por un hilo
metálico que transportaba corriente eléctrica a través de un tubo que se había
vaciado de aire. Estos rayos, procedentes del cátodo (polo negativo del
circuito), fueron llamados rayos catódicos.
En el dispositivo anteriormente citado, el tubo de rayos
catódicos, podían colocarse dos placas que al aplicarse una diferencia de
potencial eléctrico, se observaba una fina línea de gas brillante
que
se formaba cerca del cátodo y se extendía hasta la placa el otro polo (ánodo).
El análisis de la luz emitida indicaba que estaba formada por residuos de gas
que se habían calentado al circular alguna "cosa" a través del mismo. Esa "cosa"
desconocida eran los rayos catódicos. Se pensaba que podían ser haces de
partículas (afirmación sostenida por la mayoría de científicos Ingleses y
franceses), o una forma de radiación producida por vibraciones del éter,
supuesta sustancia que llenaba el espacio por el cual las
ondas podían desplazarse; idea que era sostenida
por la mayoría de los científicos alemanes. Si bien la situación se tornó más
confusa en 1895 cuando Wilhem Röntgen descubrió accidentalmente los rayos X, las
dudas fueron despejadas mediante los experimentos realizados en el laboratorio
de Cavendish, uno de los centros de investigación en Cambridge.
En 1897 J. J. Thomson, que trabajaba como profesor de física
de Cavendish desde la década de 1870, diseñó un experimento en el que
intervenían el balance entre las propiedades eléctricas y magnéticas de una
partícula cargada en movimiento. Ya en ese entonces se sabía que un objeto
cargado era afectado por dos tipos de fuerzas. Desde Faraday se habla de fuerzas
electromagnéticas que actúan sobre cualquier objeto provisto de carga eléctrica,
pero no actúan sobre un elemento no cargado como una onda. De esa manera, con el
tiempo, la contienda de saber que eran los rayos catódicos se centró en saber si
tenían o no carga eléctrica; de tenerla sería afectada por fuerzas
electromagnéticas como la generada por un imán.
Thomson armó un dispositivo, como lo muestra el esquema,
modificando el tubo de rayos catódicos enrareciendo ligeramente el vacío con un
poco de gas, para medir la velocidad de los rayos catódicos (que en esa época se
los denominó rayos canales). Estos rayos debían
atravesar
una zona en la que se había creado un campo eléctrico entre dos placas cargadas
y un campo magnético. Se ajustó el voltaje de las placas hasta que se compense
exactamente los efectos desviadores del campo magnético, así eran atraídos por
el ánodo. Thomson argumentó que si los rayos eran realmente partículas su
trayectoria debía ser afectada por los imanes y por las grandes cargas
eléctricas. Si el campo magnético obligaba a los rayos a moverse hacia abajo,
entonces se cargaba las placas de manera que desviaran el haz hacia arriba en la
misma medida. En otras palabras, igualaba la fuerza eléctrica a la magnética.
¿Cómo hallaba la velocidad de las partículas que
supuestamente eran atraídas?. Recordando que el campo eléctrico es inversamente
proporcional a la carga que está viajando y directamente proporcional a la
fuerza que se ejerce sobre ella tenemos que: F = E . q
(1)
Por la definición de potencial eléctrico, la diferencia de
potencial eléctrico (V) es directamente proporcional al trabajo mecánico
(W) e inversamente proporcional a la carga (q). Expresamos esta
relación en la siguiente ecuación; en base a la definición de
trabajo mecánico y campo eléctrico podemos
determinar la magnitud del campo eléctrico en base a la diferencia de potencial
aplicada. La distancia (d) es la que hay entre las placas y los rayos
catódicos.

La fuerza generada por un campo magnético sobre una carga (q)
en movimiento es perpendicular al plano que forman en
vector campo magnético (B) y la velocidad (v) de la partícula.
La ecuación es: F = q . B . v. sen
a
El
producto vectorial entre ambos y la magnitud de la carga determinan la
magnitud de la fuerza. Tomemos, para facilitar los cálculos, que el ángulo entre
la velocidad y el vector campo magnético es 90º. Como sen 90º = 1 tenemos:
F = q . B . v
(2)
Como la fuerza eléctrica y magnética son iguales, igualando
(1) y (2), tenemos: E . q = q . B . v. sen
a
Simplificamos las cargas y despejamos podemos determinar la
velocidad de la partícula como relación entre los campos eléctrico y magnético.

El importante resultado que obtuvo Thomson fue que la
velocidad de los rayos catódicos era cerca de 3.107 m/seg., lo cual
es más o menos el 10% de la velocidad de la luz. Evidentemente los rayos
catódicos eran partículas. (De ser ondas tendrían que viajar a la misma
velocidad de la luz, 3.108 m/seg.). Puesto que las supuestas
partículas eran atraídas hacia el electrodo cargado positivamente, concluyó que
transportaban carga eléctrica negativa. Estos corpúsculos fueron bautizados con
el nombre de electrones (ya que provenían de la
electricidad) y calculó su masa en 9,11.10 – 28 g. ¡¡ Demasiado
pequeña !!.
Una vez que fue correctamente identificado, se comprendió que
el electrón era una partícula muy importante. Cada corriente eléctrica, tanto si
se trata de un circuito o de un nervio animal, es simplemente un flujo de
electrones.
El descubrimiento del electrón preocupó a los físicos de la
época ya que se habían habituado a considerar al átomo como el único habitante
de lo infinitamente pequeño y ¡ ahora se les presentaba otro!. ¿Dónde iban a
alojarlo? ¿Había que pensar que la materia estaba constituida fundamentalmente
por átomos y electrones? ó, como esta partícula cargada negativamente es mucho
más pequeña ¿había que suponer que el electrón no era más que una parte
constitutiva del
átomo?.
Pero, de ser así, puesto que el electrón posee carga negativa ¿cómo explicar que
el átomo se revelara en los experimentos eléctricamente neutro?. La única
explicación posible es la existencia de una parte electrizada positivamente que
neutralizara la carga del electrón. Así fue como J. J. Thomson propuso, sin
atreverse a cambiar mucho el modelo de Dalton, una imagen del átomo como una
especie de bolita hueca cargada positivamente dentro de la cual, a modo de
semillas, se encontrarían los electrones.
El Interior del Átomo
El neocelandés Ernest Rutherford
trabajó en Cavendish en la última década del siglo XIX.
En
1898 fue nombrado profesor de física en la Universidad McGill, en
Montreal. Allí descubrió la existencia de dos radiaciones, llamándolas "alfa" y
"beta" (la tercera, "gamma", fue descubierta mucho después). Rutherford pudo
demostrar que los misteriosos rayos alfa eran, en terminología actual, núcleos
de átomos de helio. Realizó experimentos en los que colocaba pequeñas muestras
de elementos radiactivos que emitían partículas alfa junto a un tubo
herméticamente vacío. Al cabo de cierto tiempo, análisis químicos muy sensibles
señalaban la presencia de helio en el tubo. Dado que únicamente la radiación
alfa entraba al tubo, la conexión entre dicha radiación y el helio quedó
establecida.
Su descubrimiento le valió el premio Novel de química en
1908, aunque él siempre se consideró a si mismo como un físico y consideraba a
la química como una rama muy inferior de la ciencia..
En contra de lo normal, Rutherford realizó su trabajo más
importante después de recibir el premio Novel. En 1907 Rutherford se trasladó a
la Universidad de Manchester en Inglaterra, allí continuó con sus experimentos
con partículas alfa. Uno de los temas más candentes por aquella época era
estudiar el modo en que estas partículas atravesaban finas láminas
metálicas. En 1909, Hans Geiger y Ernest Marsden, que trabajaban en el
departamento de Rutherford, llevaron a cabo estos tipos de experimentos. Las
partículas alfa provenían de átomos radiactivos naturales (no existían aún los
aceleradores de partículas). El proceso de las
partículas dirigidas contra la hoja metálica quedaba determinado por contadores
de centelleo, pantallas fluorescentes que brillan cuando incide sobre ellas una
partícula alfa. Algunas partículas atravesaban el metal, otras eran desviadas y
emergían formando un ángulo respecto a la dirección original del haz. Lo extraño
era que algunas rebotaban en la hoja metálica y volvían en la misma dirección
pero con sentido contrario. Este comportamiento no podía ser posible si el
átomo era como Thomson lo había descripto.
Había que cambiar el modelo atómico ya que las partículas
alfa poseen una masa superior a 7000 veces la del electrón.
Imaginemos una fila de canicas (bolitas) todas del mismo
tamaño separadas, una de la otra, por mucho espacio. Si lanzamos contra ellas
una pelota de tenis el comportamiento a esperar es que pase de largo o, si choca
con varias canicas, se desvíe un poco de su trayectoria original. Nunca
esperaríamos que vuelva por el mismo camino en que fue. Para que eso suceda
tendría que haber "chocado" con "algo" tan grande o más que ella.
Así que en 1911 Rutherford propuso un nuevo modelo del átomo
que resultó ser la base del conocimiento actual de la estructura atómica. Según
Thomson el átomo era casi todo vacío, pero los experimentos llevados a cabo
demostraron que un número sorprendentemente alto de partículas (una de cada mil)
fueron dispersadas en ángulos cercanos al llano. Esto sólo era posible si el
átomo poseyera la mayor parte de su masa virtualmente concentrada en una
región central. a esta concentración de masa Rutherford la denominó "núcleo". Ya
que este repelía a las partículas alfa que estaban cargadas positivamente,
supuso que debía tener carga positiva.
En 1919, empleando técnicas similares a las que había
permitido identificar a las partículas alfa, demostró que las colisiones de
partículas alfa con núcleos se obtenían núcleos de hidrógeno. Dado que el
hidrógeno es el átomo más liviano, su núcleo jugó un papel fundamental en
el modelo confeccionado por Rutherford, es así que lo denominó "protón" (el
primero). Siendo la función más evidente del núcleo equilibrar eléctricamente al
átomo ¿por qué ha de haber más protones que electrones?, por ejemplo el
hidrógeno posee un protón y un electrón; el núcleo del átomo de helio, que posee
dos electrones, debía tener dos protones y el átomo de Uranio que poseía 92
electrones necesitaba 92 partículas positivas en su núcleo.
Si el helio tiene el doble de protones que el hidrógeno y la
masa del átomo está casi toda contenida en el núcleo, cabe esperar que un litro
de helio pese el doble que el de hidrógeno. El problema es que un mismo volumen
de helio es cuatro veces más pesado que el de hidrógeno. Este hecho hizo que, en
1920, Rutherford postulara la existencia de otra partícula que ubicó también en
le núcleo, sin carga y que fuera un poco mayor que el protón (en realidad es un
poco mas grande que el protón y el electrón juntos) y lo denominó Neutrón. La
existencia del neutrón pudo comprobarse recién en 1932.
Modelo atómico de Bohr
La característica esencial del modelo de Bohr es que los
electrones se ubican alrededor del núcleo únicamente a cierta distancia bien
determinada. El por qué de esta disposición del átomo no se estableció hasta el
desarrollo de la mecánica cuántica una década más tarde.
Niels Bohr era un físico danés que finalizó su doctorado en
el verano de 1911 y viajó a Cambrige en septiembre. En una visita a Manchester
conoció a Rutherford y en Marzo de 1912 comenzó a trabajar dentro del equipo de
Rutherford concentrándose especialmente en la estructura del átomo,
permaneciendo allí hasta 1916.
Bohr no se preocupó excesivamente por integrar todos sus
experimentos en una teoría completa, sino
más bien estaba interesado en ensamblar ideas diferentes para construir un
modelo. Su primer triunfo ocurrió en 1913 con la explicación satisfactoria del
espectro de luz del átomo de hidrógeno. Estaba convencido que debía introducir
el concepto del cuanto (y de la constante de Plank h) en las ecuaciones
que describen al átomo. Ese año publicó una serie de artículos en los que
explicaba su teoría, la que funcionaba muy bien para explicar el espectro
generado por el hidrógeno. Trece años después de la decisión de Plank de
incorporar el cuanto a la teoría de la luz, Bohr introdujo el cuanto en la
estructura atómica; pero debían pasar otros trece años para que surgiese una
verdadera teoría cuántica.
<< En el modelo de Bohr
se mezclan ideas cuánticas junto con otras de la física clásica, sin otro
criterio que el de que el modelo continuara funcionando
>> (extraido
del libro "En busca del gato de Schrödinger", john
Gribbin, página 47).
Desde el siglo XVIII se sabe que la luz es una onda. Pero el
descubrimiento que su origen está ligada a las cargas eléctricas y de que no es
más que un tipo particular de ondas generadas eléctricamente, fue uno de los
grandes triunfos del siglo XIX. Plank intuyó (de alguna manera) una
discontinuidad en la energía pero nunca aceptó realmente la idea de que la luz
no fuera una onda clásica. Sin embargo Einstein se dio cuenta que el postulado
cuántico de Plank podría ser muy fructífero si se lo llevaba a sus últimas
consecuencias. El fenómeno fotoeléctrico, por el cual una plancha de zinc
iluminada con luz ultravioleta emitía corriente en su superficie, no dependía de
la intensidad de la luz sino de su frecuencia. Esto no era lógico desde el punto
de vista ondulatorio. En 1905 Einstein sugirió que la luz podía estar compuesta
por corpúsculos en lugar de ondas clásicas, así podría explicarse este efecto.
Las partículas que componen la luz y demás radiaciones electromagnéticas reciben
el nombre de fotones. Este trabajo le valió el premio Novel.
Nuevo Comienzo
La guerra europea de 1914 frenó los desplazamientos de los
científicos de un país a otro, entorpeciendo (y a veces cortando) las
comunicaciones entre ellos. En las naciones intervinientes, los investigadores
jóvenes tuvieron que dejar los laboratorios para presentarse en batalla, donde
muchos de ellos perdieron la vida. Después de la guerra, los científicos
alemanes y austriacos no fueron invitados a las conferencias internacionales
durante varios años consecutivos. En Rusia, inmersa en su revolución, la ciencia
perdió su cosmopolitismo y a una generación de gente de ciencia jóvenes.
Una nueva generación de "pensantes" se encontró con la teoría
cuántica en el punto medio del camino que representa el modelo de Bohr y se
encargó de relacionarlo con la mecánica cuántica. La nueva generación de
científicos no poseía una sólida formación dentro del área de la física clásica,
por lo que no les fue difícil desechar ideas clásicas en su teoría sobre el
átomo. No partieron de la nada, basados en la constante de Plank, el modelo de
Bohr y la idea de Einstein de la noción de probabilidad en la teoría atómica
(que se transformó en el soporte fundamental de la teoría cuántica).
Irónicamente, la idea fue rechazada posteriormente por su creador con su famoso
comentario, <<
Dios no juega a los dados
>>.
Dualidad Onda - Partícula
Imaginemos una película de ciencia ficción donde exista vida
en el planeta Marte. Desde allí nos observan y captan las ondas de radio que
mandamos constantemente al espacio. En ellas escuchan programas en inglés y en
francés, por lo que llegan a la conclusión que en nuestro planeta se habla
"inglés" o "francés" según la frecuencia de radio que se capte. Deseosos por
saber más descienden en nuestro planeta, pero en la Ciudad de Buenos Aires.
Confundidos por el idioma que se habla interpretan que a veces los habitante de
este sitio parece que hablaran a veces "ingles" y otras veces "francés". Llegan
a la conclusión de que este idioma presenta ambas características y hablan de la
dualidad inglés - francés.
En realidad así como el idioma castellano es un idioma
distinto al inglés o al francés, las partículas elementales son distintas a
partículas u ondas en el sentido clásico que se les da en la física clásica
(mecánica).
El descubrimiento de la dualidad onda - partícula tuvo su
origen en la sugerencia de un científico francés Louis de Broglie. Nacido dentro
de una familia antigua e ilustre, tomó sus primeros
contactos con la ciencia física en el laboratorio de su hermano Maurice de
Broglie. Para su tesis presentó la idea de la dualidad onda - partícula
partiendo de las ecuaciones donde Einstein había deducido los cuantos de luz:
E = hv y
p = hv/c (v es la frecuencia, c es la
velocidad de la luz) llegando a relacionar la la constante de Plank (h) y
el momento (p) con la longitud de onda de manera que sus ideas se
expresaron en una simple ecuación: l
= h/p. Sostenía que el fracaso de los experimentos
realizados para poner de manifiesto si la luz era onda o partícula se debía a
que ambos tipos de comportamiento estaban unidos, hasta el punto de que para
medir el momento (propiedad corpuscular) se necesitaba que conocer la
frecuencia (propiedad ondulatoria). Fue el primero en pensar que esta dualidad
también podía aplicarse a otras partículas como el electrón.
En aquella época se pensaba que los electrones debían
comportase como partículas típicas, excepto por el curioso modo de ubicarse en
los distintos niveles de energía dentro del átomo. El hecho que sólo existieran
orbitas definidas por números enteros, lo que podía interpretarse como una
característica ondulatoria, llevó a de Broglie a relacionarlos con la
interferencia y los
relativos a modos normales de vibraciones (movimiento
de partículas que transportan una onda) que eran fenómenos físicos que implican
números enteros y estaban relacionados con propiedades ondulatorias. Es así que
decidió asignar a los electrones algún tipo de periodicidad.
De Broglie pensaba que las ondas estaban asociadas con
partículas y sugirió que una partícula, tal como el fotón, estaba guiada en su
trayectoria por la onda asociada a la que se encuentra ligada. El resultado de
dicha teoría fue una descripción matemática completa del comportamiento de la
luz, que incorporaba los resultados tanto de experimentos ondulatorios como
corpusculares. En esa época ya se conocía la longitud correcta de las ondas de
los electrones a partir de los estudios de Einstein respecto a el fenómeno
fotoeléctrico. La longitud de onda está relacionada con la frecuencia, y la
frecuencia (según las ecuaciones de Einstein) podía relacionársela con el
momento; de allí que de Broglie combinara en una ecuación el momento y la
longitud de onda mediante una relación inversa donde la constante de
proporcionalidad fuera la constante de Plank: p
. l = h. Según esta
ecuación, los electrones que al poseer pequeña masa tenían un
momento pequeño le
correspondía una longitud de onda que lo transformaba en la partícula más
ondulatoria hasta entonces conocida.
Fue el mismo Einstein, ya que le habían mandado una copia del
trabajo de de Broglie, quien se dio cuenta la importancia de este trabajo.
Einstein pasó la noticia a Max Born, en Götingen, Alemania. Un alumno de Born,
Walter Elsasser, había publicado en 1925 una corta nota con los resultados de un
experimento donde se dispersaban electrones por medio de cristales, bombardeando
los átomos. Se suponía que este comportamiento se debía a la estructura de
estos y no a la naturaleza propia de los electrones. Recién cuando Erwin
Schrödinger realizó una nueva teoría de la estructura atómica que incorporaba y
ampliaba la idea de de Broglie, los experimentalitas consideraron la necesidad
real de comprobar la hipótesis de la onda del electrón mediante la realización
de experimentos de difracción.
La total ruptura con la física clásica ocurre en este
momento, al tomar conciencia que no sólo los fotones y electrones sino todas las
partículas y todas las ondas son , de hecho, una mezcla de onda y partícula.
Todas las imágenes que uno pueda hacerse del átomo son falsas y no existe
una analogía física que permita entender como funciona el interior de un átomo.
El átomo, ese universo pequeñísimo donde las "cosas" no se comportan como lo
esperamos, posee características que nuestro "sentido común" no sirve en
absoluto para entenderlas.
  
Octubre 2002
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